miércoles 18 de septiembre de 2019 - Edición Nº191

Opinión | 2 jul 2019

Un tratado de libre comercio sin convicción

El suceso sorprendió a casi todos, generando tanto adhesiones como rechazos. El anuncio plantea múltiples interrogantes y muy pocas certezas, pero entusiasma a buena parte del mercado más por el horizonte que promete que por el presente.


Por:
Alberto Medina Méndez (*)

Una grandilocuente novedad irrumpió en el escenario, alterando por completo la inercia de las perspectivas económicas y políticas. Luego de años de intrascendente diálogo se abre así una gigantesca puerta hasta ahora impensada y que estaba absolutamente fuera del radar habitual.
Ese experimento que nació hace casi tres décadas atrás bajo el nombre de Mercado Común del Sur hoy tiene una interesante oportunidad de renacer, de reinventarse desde cero a sí misma y de construir algo sin precedentes.
Para muchos observadores especializados este significativo hito es una bisagra histórica que se convierte en “un antes y un después” digno de ser descripto de ese modo por sus probables implicancias positivas.
Lo cierto es que esa enorme expectativa tendrá ahora que confirmarse muy pronto si pretende llegar a buen puerto y sobre todo evitando, de todas las formas posibles, que se repitan las patéticas parodias del pasado.
Un tratado de libre comercio debe ser siempre bienvenido en la medida que contribuya concretamente a la multiplicación de la actividad comercial. Si apunta a la apertura con mayúsculas, logrando eliminar o minimizar aranceles y regulaciones, sus efectos de mediano plazo serán contundentes.
La evidencia empírica demuestra que los países que han ejercitado esta dinámica progresaron sin cesar. El caso cercano más emblemático es el de Chile, que tiene este tipo de vinculación con más de 50 naciones del mundo.
Su indiscutible éxito, a partir de decisiones como estas, no sólo se expresa en indicadores económicos directos, que los tiene y muchos, sino también en variados aspectos sociales de desarrollo humano, que colocan a esa comunidad en una posición de incuestionable liderazgo continental. A estas alturas sólo se oponen los que, con una ceguera ideológica propia de los socialistas fanáticos, defienden a esas economías cerradas que corroboran con creces su impracticabilidad y su permanente fracaso.
Con respecto, puntualmente, a este rimbombante acontecimiento quedan aún muchas dudas por dilucidar, no sólo por los tiempos de su eventual instrumentación definitiva, sino por esa letra chica que aquellos con tanta tradición proteccionista suelen incorporar a esta clase de pactos generales.
Pero, tal vez, lo que mayores vacilaciones produce, viene de la mano de la inverosímil vocación del Mercosur por hacer los deberes, sobre todo teniendo en cuenta los pésimos antecedentes que sus miembros ostentan.
Si puertas adentro de este acotado espacio de cooperación regional, en casi treinta años, no se ha podido avanzar casi nada, qué se puede esperar esta vez que es mucho más sofisticado y complejo a la hora de implementar.
Pese al prolongado lapso que ha transcurrido desde su origen como alianza comercial, los países integrantes, es decir, Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina sólo han logrado una irrelevante unificación de identificaciones de automotores lo que aparece como una broma o una ofensa a la sociedad.
El problema de fondo radica en que los sudamericanos que hoy celebran este megaacuerdo intercontinental no tienen la suficiente convicción respecto de los beneficios que se derivan de este tipo de convenios.
Por más que los dirigentes lo reciten prolijamente llenándose la boca hablando de la importancia de esta noticia, no tienen esa férrea decisión de hacerlo, porque no creen en los resultados que puede derivarse de la misma.
Pesa más en ellos su cautela frente a la colaboración que cualquier otra visión. Ven a los aliados como adversarios, competidores que se llevarán consigo la mejor tajada de este reparto y que por lo tanto deben ser custodiados fuertemente para evitar sus circunstanciales abusos de poder.
Es imposible hablar responsablemente de integración si no se confía plenamente en las bondades de la vida en comunidad, en la complementariedad y en la idoneidad de los individuos de dar lo mejor de sí mismos a cambio de lo que otros hacen con mayor talento que el propio.
Si los líderes nacionales están hablando de esto en serio y van a defender esta mirada este es el instante en el que básicamente deben explicitar indubitablemente que pueden hacer lo menos antes que lo más.
Estos cuatro países de la región tan fronterizos, con infinitos valores compartidos, con tradiciones culturales similares e historias compartidas, no han aprobado aún su examen más elemental que pasa por mostrar que son capaces de apostar a sus potencialidades sin sospechar del resto.
Si primero no se logra eso tan elemental y relativamente más sencillo, no resulta razonable soñar con un escalón superior mucho más cosmopolita y diverso, y menos aún prometerlo como si fuera posible en el corto plazo.
No se trata de lo que se dice. Tampoco de lo que se firma. Menos aún de lo que sólo se afirma retóricamente. Definitivamente lo que importa son las acciones conducentes y de esas, al menos hasta ahora, hay muy poco.
Por ahora este “tratado” es meramente auspicioso pero los gobernantes necesitan, antes que nada, explicitar su voluntad abriendo fronteras y logrando que estas naciones de la región comercien sin restricciones absurdas mostrando que comerciar es muy favorable para toda la gente.
Hay que terminar con las arengas vacías, dejar de lado la cobardía política y probar fehacientemente, con hechos y no sólo con palabras, que se cree sin excusas en que la integración efectiva es una herramienta eficaz de crecimiento y combate contra la pobreza, emulando así a los vecinos.

(*) Periodista - Consultor en Comunicación - Analista Político y Económico

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